
Imagínate a un jugador que debuta en un Mundial y tiene que patear un penal en un partido importante.
Puede haber entrenado durante años cómo hacerlo. Puede saber dónde mirar, cómo posicionar el cuerpo, cómo ejecutar el golpe y qué decisión tomar frente al portero.
Pero cuando ese penal ocurre con el estadio lleno, el marcador apretado y muchas miradas puestas en él, la situación cambia.
Aparece la presión.
La presión aparece cuando una persona percibe que algo importante está en juego, que el resultado importa y que su desempeño está siendo puesto a prueba.
En ese contexto, la tensión aumenta. La atención puede estrecharse. La respiración puede acelerarse. La persona puede empezar a pensar demasiado en el resultado, en las consecuencias o en cómo será percibida. Y cuando eso ocurre, algo que técnicamente sabe hacer puede volverse más difícil de llevar a cabo.
Por eso, en el deporte también se entrena la parte mental y emocional. Ese entrenamiento permite que la técnica se sostenga cuando el contexto es más exigente.
Se entrena para reconocer el nivel de activación, regular la respuesta, recuperar el foco después de un error y volver a conectar con la tarea.
Algo parecido ocurre cuando una persona asume por primera vez una jefatura.
Normalmente llega a ese rol porque ha demostrado capacidad técnica, compromiso y buenos resultados. Ha respondido bien en su posición anterior y probablemente se ha ganado la confianza de otros por la calidad de su trabajo.
Pero en un nuevo rol, la presión también aumenta. Puede saber qué debería decir, pero evitar la conversación. Puede buscar validación permanente. Puede querer delegar, pero terminar controlando demasiado. Puede tener buenas ideas, pero medir en exceso cada intervención.
Desde fuera, esto puede interpretarse como inseguridad o poca capacidad de liderazgo. Sin embargo, visto más profundamente, puede tratarse de una persona intentando adaptarse a un nuevo nivel de exigencia sin haber entrenado todavía las habilidades para sostenerlo.
Una primera jefatura necesita aprender a gestionar esa presión para responder de forma más regulada en un rol más visible y exigente.
Este entrenamiento puede empezar con prácticas simples.
La primera es reconocer las propias señales físicas de presión: tensión corporal, respiración acelerada, mandíbula apretada o sensación de urgencia. Respirar de manera más profunda y consciente puede ayudar a volver al presente.
La segunda es hacer una pausa antes de decidir. Bajo presión, una pausa breve puede ayudar a recuperar perspectiva y evitar que la reacción emocional tome el control de una decisión.
La tercera es distinguir entre urgencia real y ansiedad propia. No todo lo que se siente urgente lo es realmente. Poder diferenciar ambas cosas permite decidir con más calma y no solo desde la activación del momento.
La cuarta es preparar las conversaciones difíciles. Esto permite entrar con mayor claridad sobre qué se quiere decir, qué se necesita escuchar y qué resultado se quiere construir.
La Calibración Bajo Presión™ tiene que ver con reconocer lo que ocurre internamente cuando aumenta la exigencia, regular la propia respuesta y responder de manera más efectiva en momentos donde la presión podría llevarnos a reaccionar de forma automática.
Tanto al debutar en un Mundial como al asumir una primera jefatura, aprender a gestionar la presión es fundamental para responder mejor en ese nuevo nivel y alcanzar los resultados esperados.
En MBM Consultores acompañamos a líderes y equipos a fortalecer capacidades para responder mejor en contextos exigentes. Esta reflexión puede ser una buena oportunidad para mirar cómo se está preparando a quienes están asumiendo nuevos niveles de responsabilidad.
